Biografías por órden alfabético

Arriola Haro, Ignacio Igor


Nació en Guadalajara, Jalisco, el 26 de enero de 1930. Fueron sus padres los señores María de los Ángeles Haro y el abogado e intelectual José Arriola Adame.

En el Colegio Unión cursó la primaria y luego ingresó al Instituto de Ciencias de los jesuitas, donde realizó la secundaria y el bachillerato.

Realizó algunos cursos de la licenciatura de Derecho en la Universidad de Guadalajara, pero más que los estudios convencionales –como expresa Guillermo García Oropeza–

[…] siguió una carrera existencial. Discípulo moral de Efraín González Luna, Nacho se fue a la política de oposición como otros se habían ido a la bola. En aquellas campañas heroicas del pan que todavía era pan y no facción de extrema derecha como es ahora, Ignacio y sus amigos se fueron por los caminos de la patria para arengar a un electorado que se la pasaba muy bien con las intemperancias de Nacho, los excesos de Alfonso Arriola y las elegancias literarias de Hugo Gutiérrez Vega, los cachorros de un don Efra elocuente y profundo. Ese salvar la patria marcó su vida.1

Así participó en las campañas presidenciales de Efraín González Luna en 1952, de Luis Héctor Álvarez en 1958, y de José González Torres en 1964. Por esos años residió en la Ciudad de México y dio clases en algunas universidades, y al considerar que el Partido Acción Nacional (pan) abandonaba los ideales que le dieron origen, salió del partido para nunca más volver.

Residió en Roma, Italia, de 1964 a 1965, donde hizo estudios de especialización sobre cine, televisión y teatro. Además tomó parte en el grupo de teatro latinoamericano, que había fundado Hugo Gutiérrez Vega. Luego viajó por varios países europeos, y residió por breve tiempo en Barcelona.

A su regreso a México, en 1967, fue director del Departamento Cultural de la Universidad Autónoma de Querétaro, durante la rectoría de Hugo Gutiérrez Vega.

En 1968 recibió el Premio Jalisco en Letras, por su obra dramática Pandora y el ruiseñor.

En 1970 fue nombrado director del Departamento de Actividades Estéticas de la Universidad de Guadalajara, del cual dependía el Ballet Folclórico que por esos años alcanzó grandes éxitos. En 1971 fundó la Compañía de Teatro de la misma Universidad en la cual ejerció el magisterio, de 1973 a 1989 fue director fundador del Cine-Club de la Universidad, y en 1974 al fundarse Radio Universidad de Guadalajara se le nombró subdirector, cargo que desempeñó hasta el 31 de marzo de 1989.

Por esos años convirtió su casa en sala de conciertos, en escenario para la representación de obras teatrales, en sala de proyección cinematográfica y en sede de tertulias bohemias, en las cuales participaban: Ignacio Gómez Robledo, Emilio García Riera, Ernesto Flores, Arturo Rivas Sainz, Guillermo García Oropeza, Arturo Xavier González, Manuel Rodríguez Lapuente, Leonor Montijo, Rafael Sandoval, entre otros. Y aunque esporádicamente, también se hacían presentes: Antonio Gómez Robledo, Alfonso Schöekel y Julio Scherer.

Sobre estas tertulias, quien fuera su colaborador en el Cine Club de Arte de la Universidad de Guadalajara, José Trinidad Padilla López, expresó:

Nacho Arriola me tenía la confianza como para decirme: “oye, vamos a tener reunión hoy en la casa y voy a necesitar que nos ayudes”. Entonces mi presencia era muy importante porque yo era el de apoyo logístico: a veces se necesitaba ir por los hielos a la esquina, a la tienda o ir por los refrescos o por el agua mineral que se acababa; en fin, me quedaba en la trastienda o me quedaba en la cocina, o en un comedor que era un comedor-biblioteca que tenía Nacho Arriola. Digo que era comedor-biblioteca porque lo único que separaba al comedor de la sala eran unos estantes, puesto en forma de ele, llenos de libros. Toda la casa de Nacho era una biblioteca. Los dos pisos. Como Nacho ya no tenía lugar arriba, empezó a llenar la sala y el comedor y tomó los libreros separadores en su casa. Desde ahí, claro que se podían escuchar todas las pláticas sobre distintos temas. De política por supuesto se hablaba mucho y se hablaba de literatura.2

Durante la gestión de Hugo Gutiérrez Vega como embajador de México en Grecia –a partir de 1988–, Arriola visitó Atenas, Epidauro –considerada la cuna del teatro de la tragedia griega– y Micenas, entre otros lugares. En la capital griega escribió una obra de teatro, cuyo texto leyó en la sede de la embajada mexicana, pero el texto de la obra dramática finalmente se extravió.

En 1988 reunió su producción poética en un solo volumen, que se tituló Fuente mortal, pero ante todo se distinguió como dramaturgo, a decir de Efraín Franco: “Es uno de los más importantes autores del teatro del absurdo, no sólo de Jalisco, sino de México”.3 Sus obras de teatro fueron publicadas en las siguientes ediciones: en 1974 por el Departamento de Bellas Artes del Gobierno del Estado de Jalisco, con el título de Seis piezas teatrales; en 1979 por la Dirección General de Difusión Cultural de la unam, con el título La Vía Láctea; y en 1999 en forma póstuma, por la Secretaría de Cultura del Gobierno del Estado de Jalisco, como Ignacio Arriola Haro: Teatro; una antología de su obra fue coeditada por el fce y la Universidad de Guadalajara.

El 12 de octubre de 1990, falleció en su ciudad natal. El foro de estudiantes de teatro del Centro Universitario de Arte, Arquitectura y Diseño (cuaad) y el Jardín de Niños número 677 de Zapopan, Jalisco, llevan su nombre, y parte de su biblioteca se encuentra en el Departamento de Estudios Literarios de la Universidad de Guadalajara.

Juicios y testimonios

Juan José Doñán: “Sus piezas [teatrales] (más de una veintena) constituyen un punto y aparte en la dramaturgia jalisciense; nada tiene que ver con el color local ni con nuestro pasado histórico o mítico ni con los jarritos de Tlaquepaque. Se trata más bien de una obra fársica, sin localización precisa, heredera de la vanguardia teatral (Jarry, Pirandello, Becket, Ionesco...) […] El vacío del hombre contemporáneo, el ridículo de muchos de sus afanes, el aislamiento, la cuasi imposibilidad comunicativa, la masificación y la falta de identidad, son algunas de las constantes de su teatro, el cual no se cuida de la realidad, la cual casi siempre es un universo de sombras, una fachada engañosa que lo mismo enmascara los seres que envuelven las cosas. De esta manera, el teatro, metáfora de la realidad, ‘sólo es un eco’, como dice uno de sus personajes. En este sentido, no dejan de ser significativos varios de sus títulos: Diálogo de personajes, Diálogo de imágenes, Diálogo de ecos”.


Guillermo García Oropeza: “Trabajador en los oficios más extraordinarios, Nacho fue desde la administración de algunos billares bravos y de un mercado folclórico, hasta entrenador de un notable convaleciente a quien Nacho platicaba con su gracia inigualable. Nacho fue, después de todo, uno de los últimos tapatíos que conservaron el arte de una conversación ingeniosa y aguda como punzón. Temible era la estocada de Nacho. Gran componedor de apodos literarios, gran jugador con letras y sílabas para inventar nuevas palabras, Arriola asestaba sus estocadas a quienes practicaban cualquier forma de la cursilería o del mal gusto […] Injusto, atrabiliario, Nacho era apasionado en amistades y rechazos. Malhablado a la vieja usanza aristocrática jalisciense. Nacho era además, castizo y literario, musical y teatral, aficionado a la liturgia y a la arquitectura gótica”.


Hugo Gutiérrez Vega: “Tu muerte me hizo llorar y, al mismo tiempo, me dejó el alma seca y baldía. Me pregunto cómo se ha ido al silencio un hombre tan amador de las palabras, un ser capaz de convertirlas en partes de un rompecabezas con un número infinito de combinaciones y una solución abierta al juego inacabable. Por esta razón tu teatro era, sobre todo una profesión de fe en la palabra, la búsqueda de las comunicaciones profundas, la alegría que acompaña al delirio por nombrar las cosas y la melancolía y al mismo tiempo sarcástica certeza de nuestro fracaso al intentar la reconciliación con la otredad”.


Referencias
  1. Guillermo García Oropeza, “En recuerdo de Nacho Gómez [sic] Arriola”, Siglo 21, Guadalajara, 12 de octubre de 1996, sección Vida & Cultura, p. 6. ↩︎

  2. José Trinidad Padilla López, “Manuel Rodríguez Lapuente: encuentros y semblanzas de una generación”, Estudios y testimonios en honor al doctor Manuel Rodríguez Lapuente, Guadalajara, Gobierno del Estado de Jalisco, 2016, p. 506. ↩︎

  3. Efraín Franco, comentario en el programa “El rincón del juglar” del 26 de febrero de 2004, en “Radio Metrópoli” de Guadalajara. ↩︎